Las Sociedades Femíneas de Temperancia

su lucha contra el alcohol y por la participación política en Puerto Rico
by
Mayra Rosario Urrutia, PhD

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Al momento del cambio de soberanía de España a Estados Unidos en 1898, la posibilidad de una prohibición de alcohol en Puerto Rico no era una agenda del pueblo ni de los nuevos funcionarios coloniales. No obstante, sectores que se legitimaban públicamente, como: las iglesias protestantes históricas, la Federación Libre de Trabajadores, masones, teosofistas, espiritistas y librepensadores, fortalecieron una discusión anti alcohol que había iniciado una elite intelectual a partir de 1874 a través de sus escritos y de su poder de persuasión. Tanto médicos como escritores, desde foros como El Ateneo, vinculaban la virtud de la temperancia con la modernidad y el progreso.  

Entre 1898 y 1915 el rechazo al consumo desmedido de alcohol, como una forma de reordenar la sociedad, se discutía ocasionalmente en la Isla y la bebida se catalogaba como: un estorbo, una afrenta moral y un problema de los “desheredados de la fortuna”. Esas exposiciones de moderación se transformarían en reclamos de supresión de alcohol cuando los misioneros estadounidenses plantearon la posibilidad de implantar una medida prohibicionista. 

Una cosecha de ministros protestantes puertorriqueños despuntaría como los líderes de esta propuesta a través de su prédica en los campos y en centrales azucareras, la publicación de artículos en el Puerto Rico Evangélico y en la prensa socialista. Para esa época, la opinión pública estaba dividida entre los que defendían la temperancia y los que señalaban la generalización del alcoholismo. A pesar de las discrepancias, las versiones coinciden en que en la Isla se bebía y diferían en la cantidad y en el contexto en el que se hacía.

A partir de 1915, las organizaciones protestantes estadounidenses con el apoyo de las iglesias radicadas en la isla, la Federación Libre de Trabajadores y algunas logias masónicas promovieron ante el Congreso que se adoptara localmente una medida prohibicionista. Un sector de mujeres protestantes estableció en 1916 una serie de Ligas de Temperancia bajo el auspicio de la “Women Christian Temperance Union” y el liderazgo de Annie Robbins. Su membresía, estimada en unas 315, consistía de dos uniones compuestas por damas estadounidenses y diez por damas de la Isla. Los hombres podían ser miembros honorarios. Aunque Edith W. Hildreth fue nombrada Presidenta de la Liga de Temperancia protestante local, no existía un organismo que las uniera, ni ella había sido electa por la membresía. No sería hasta 1918 que se celebraría la primera convención y se organizaría una Liga Insular de Temperancia protestante.

El clima congresional favorable a la prohibición en una época de guerra facilitó su inclusión en el Artículo dos de la Ley Jones, de 2 de marzo de 1917. Esto, a pesar de la oposición de funcionarios coloniales como el Gobernador, Arthur Yager y el Comisionado Residente, Luis Muñoz Rivera. Se disponía que: “Un año después de la aprobación de esta Ley y en lo sucesivo será ilegal importar, fabricar, vender, o ceder, o exponer para la venta o regalo cualquiera bebida o droga embriagante;…” Tras su aprobación, se planificó celebrar el primer referéndum en julio de 1917. Los defensores de esa medida canalizaron su descontento con el precario estado político y económico que mantuvo por siglos el régimen hispánico. La defensa de la prohibición se asociaría simbólicamente con las expectativas de mejoramiento de los nuevos ciudadanos estadounidenses.

En ese contexto, y silenciada entre siglos en su participación política, sobresale un sector de mujeres de la elite criolla, organizadas en las Sociedades Femíneas de Temperancia quienes dejarían sentir su voz públicamente en el combate anti alcohol. Ese grupo, que disfrutaba de más oportunidades educativas y profesionales, no se identificaba abiertamente con corrientes partidistas ni religiosas (aunque la mayoría era católica) y para efectos organizativos no se integraron con las temperancistas protestantes locales.

Mi propuesta consiste en que su formación y defensa de una campaña prohibicionista les brindó la oportunidad de consolidar una estrategia organizativa por separado de los hombres quienes se agruparían en Ligas de Temperancia masculinas. Sobre todo, la temperancia facilitó el efectuar una transición de la llamada esfera doméstica a la pública sin alejarse violentamente de la concepción tradicional del “decoro femenino” en una sociedad con visibles cánones machistas.  

Estas sociedades comenzaron a organizarse en marzo de 1917 una vez se incorpora la enmienda prohibicionista en la Ley Jones. En mayo, 19 pueblos contaban con esas agrupaciones. Las de Ponce y de Yauco se consideraron, “…baluartes de la causa redentora del prohibicionismo”. Las Sociedades Femíneas formaron un movimiento de protesta social respaldado por los sectores que mencioné y por: el Partido Socialista fundado en 1915, la Asociación de Maestros y hombres que organizaron sus ligas prohibicionistas en casi todos los pueblos. Agruparon a féminas alfabetizadas mayores de 21 años, de sectores acomodados, profesionales o esposas de éstos y contaban con una directiva y un registro de miembros con voto decisional.  

Un sector de ese liderazgo vislumbró y canalizó posteriormente a la campaña prohibicionista la lucha por el sufragio femenino ya que muchas se identificaban con esa causa. Para 1908 se había efectuado un reclamo formal por tres mujeres obreras durante el Quinto Congreso de la Federación Libre de Trabajadores para solicitar a la Legislatura el derecho al voto femenino. Igualmente, el Partido Socialista incluía como parte de su programa “el sufragio universal para hombres y mujeres”.

Hay que recordar que en la Ley Jones se incorpora el Artículo 35, que como explica María de Fátima Barceló Miller, “facultaba a la Asamblea Legislativa de Puerto Rico para imponer restricciones, por sexo y otras razones, a los ciudadanos en su derecho al voto”. Por tanto, el mismo se prestó a la interpretación de que si dicha ley les confería el voto a los ciudadanos estadounidenses, mayores de 21 años, esto debía incluir a las mujeres. La discusión en torno al sufragio cobraría auge en 1919. El 26 de agosto de 1920, la Enmienda XIX a la Constitución de Estados Unidos se convierte en ley y las mujeres estadounidenses votaron ese otoño, incluso en la elección presidencial.

En Puerto Rico Ángela Negrón de Vivas, propulsora del sufragio femenino, inició la Sociedad Femínea de Temperancia y presidió la Liga Femínea de Ponce. Se le unió a la cruzada como Vicepresidenta de esa Liga, Lola Pérez Marchand de Goico, una de las primeras doctoras puertorriqueñas en medicina identificada con la causa sufragista. Rosa Báez de Silva (Secretaria) y Amina Tió de Malaret, (miembro de honor), también se identificaban con la causa sufragista. Sobresalen otras sufragistas como: Ana Roque de Duprey, en el Comité de Humacao, Trina Padilla de Sanz, “La Hija del Caribe”, en el de Arecibo, Carlota Matienzo, en Río Piedras y Grace de Lugo Viñas, en San Juan. Aunque para efectos organizativos las Ligas se fragmentaron a partir de sus relaciones de clase y género, las mujeres buscaron aliados profesionales masculinos para apoyarlas desde la tribuna. Algunos fueron los profesionales: Francisco del Valle Atiles, Francisco Matanzo, Ramón Negrón Flores, Celedonio Carbonell y Herminio Rodríguez.

Las portavoces de las Sociedades Femíneas locales manifestaban ideas progresistas y fomentaban el utilizar el poder del gobierno como un instrumento positivo de reforma y orden. Enfatizaban que las Ligas eran una forma para adoptar medidas anti crimen y salvar vidas. Expusieron argumentos eugenistas sobre la necesidad de evitar la degeneración de la raza debido al alcoholismo. Fue por eso que la causa les abrió la participación en tribunas públicas a través de las cuales exhibieron sus dotes intelectuales y su poder de oratoria. Al articular un discurso benefactor, extendieron sus roles domésticos fuera del hogar y evitaron chocar con la fuerza de una sociedad patriarcal que las miraba con recelo. Como estrategia, no se distanciarán por completo de sus roles tradicionales, sino que los capitalizan en la arena pública para lograr más apoyo de sectores masculinos para sus pedidos. 

Al presentarse como salvaguardas de la paz familiar, las Ligas dirigieron sus argumentos anti alcohol principalmente a los obreros y a los campesinos. Ambos sectores ejemplificaban la condición de una clase oprimida por los intereses licoreros y a la vez representaban los valores de la sociedad tradicional donde el alcohol había sido importante en la vida cotidiana e incluso, parte de su alimentación. Propusieron la reivindicación de las mujeres víctimas debido al consumo nocivo de alcohol de sus parejas y denunciaron el desasosiego que causaba un padre borracho. Las profesionales de las Ligas harían suya la causa con una actitud maternal y de evidente distancia social. En el caso de las militantes en el Partido Socialista, no se les permitió formar Ligas independientes de los hombres.

Las solicitudes al Ayuntamiento de Ponce para celebrar reuniones prohibicionistas y veladas ponen de manifiesto la movilización del liderato femenino. Entre el 21 y el 23 de mayo se celebraron tres actividades en el teatro “La Perla” de Ponce. Consistían de discursos, música, himnos, denuncias y el reconocimiento a las mujeres de Ponce por comenzar la campaña.

Los prohibicionistas exhortaban a las mujeres de las “Ligas” a defender la causa exaltando sus roles de: madres, esposas, hermanas y “matronas de almas nobles” al servicio del bien social. Su deber, muy conveniente para ellos, era convencer a los electores masculinos mayores de 21 años a votar por la prohibición en un momento en que ellas no podían hacerlo. El 16 de julio de 1917, los resultados del referéndum fueron devastadores para los anti prohibicionistas. El sí ganó con un 61.5% de los votos (102,423 a favor y 64,227 en contra). En la fase de implantación de la medida, las mujeres de la elite abandonan la causa y se concentran en la lucha por el sufragio fortalecidas por su participación en las Ligas Femíneas

Una interesante transición ocurría en los hábitos de consumo del alcohol que llegaba por contrabando, por parte de un sector femenino acomodado. Esto, sin implicar que las temperancistas fueran parte del mismo. Durante la década de 1920, el alcohol, encarecido por la Prohibición, se convertía en un símbolo de estatus. Beber ya no era cosa de hombres, y mucho menos de pobres. Su consumo por mujeres era sintomático de un nuevo estilo de vida, de su nueva presencia en los exclusivos centros de reunión que donde con trago en mano provocaban la alarma social. En ese entonces, serían las “abstemias” protestantes las que organizarían nuevas Ligas de Temperancia. Cuando el discurso anti alcohol se va agotando, la temperancia se fortalecía bajo un liderazgo protestante femenino.

Hemos visto que las Sociedades Femíneas significaron una oportunidad para consolidar una transición hacia la participación pública en varios aspectos. A la altura de 1917, en lo que respecta a las obras de beneficencia social y religiosa, y de su participación en la Cruz Roja, se destacaron “llevando mucho bien a los necesitados”.  Al poner al servicio social sus roles domésticos, las reconocían en actividades públicas sin alejarse de lo que se esperaba en términos de género.

De esa activa participación caritativa y religiosa, se desplazaron hacia una campaña secular que les abría la oportunidad de discutir de frente con los hombres. Incluso, opinaban en asuntos considerados “masculinos”, como el impacto de la prohibición en el presupuesto. La discusión temperancista logró traer preocupaciones en torno a: la prostitución, el bar, la familia, el orden social y el sufragio femenino. Sin embargo, el análisis de esas feministas de la elite como un movimiento “conservador” en la historiografía local opaca el hecho de que fueron las que tuvieron más presencia y reconocimiento público por sus estrategias. Para ellas, fue vital organizarse dentro de una lucha que las aglutinara. Es por eso, que la temperancia fue un provechoso camino para lograr un impacto social, ampliar su agenda para otras reformas, y hacerse conocer y respetar en la tribuna pública. El sufragio no lo conseguirían hasta 1935, pero la negativa a otorgárselo las tornó más combativas.